martes, 29 de diciembre de 2015

Última página -2015-

Querido blog:

Siento haber estado tan ausente. No solo en los últimos tiempos, sino en los intermedios y los iniciales. Cuando echo la vista atrás me doy cuenta de que has pagado el peaje de un año cargante. Si hubo señales por el camino no supe verlas. Si existen tipos de personas, mi caso se incluye entre los que se despanzurran contra el muro para darse por enterada. Si todos tenemos un límite, jugar a pisotearlo no es buena idea. 

Ahora estoy en vías. He tomado decisiones y el gran plan es quedarme con lo aprendido e ilusionarme con lo que me queda por aprender. Estoy cortando con las exigencias y por eso, entre otras razones, volveré a actualizarte cuando sienta que estoy lista. 

En medio de este trajín de 2015 he padecido alguna sequía lectora pero también encuentros con buenas historias. El bagaje, la compañía, el murmullo de los pasillos de la blogosfera, me han ayudado a dar con títulos estupendos y pocas ocasiones de fiasco, aunque si me tengo que seguir quejando, protesto por los malos finales (qué crueldad y qué cruz). 

Si en 2014 les quité la aureola a algunos autores "temidos", en 2015 ha sido un poco más de lo mismo, Faulkner por fin nos leímos ^^ (guiño, guiño). Leer para saber, probar para decidir. A veces asusta más el collar que el perro y yo me he hecho de gatos. Total, que al repasar los títulos del año caigo en la cuenta de que sigo leyendo más hombres que mujeres, que he tirado un poquito más de lo nacional respecto al año pasado y que he alternado largos recorridos y cortas distancias. Bueno, esto último no es novedad, sino primeros auxilios de lector glotón, sal de frutas, sin hielo, en copa, fuera el glamour.

Como ha sido un año raro, como me he propuesto desdecirme, como la indecisión me evalúa, he decidido hacer lo que nunca hago, elegir. Sin pensarlo demasiado, por hacerme cerrar el libro y agradecer el encuentro, por emerger sobre la línea de flotación, por escribir la última página de este 2015 y despacharlo con viento fresco. 

Los autores más leído han sido Iris Murdoch y Rafael Chirbes. Ambos altamente recomendables, si te interesa escribir ----> lee a Murdoch, si te interesa mirar ------> lee a Chirbes. Y entre los descubiertos, William Ospina "El año del verano que nunca llegó" o "La lámpara maravillosa".  


Un personaje. No podía ser otro que mi queridísimo Elling de Ingvar Ambjørnsen. No me cansaré de recomendarlo, no se puede ser más buena gente. Inolvidable, risueño. Un virus letal. 


Un ENSAYO (en mayúsculas): El Hambre de Martín Caparrós. Hay tantas razones... la principal sea: crear conciencia. 


Una puerta indirecta a la poesía (pero es NOVELA), apto para todos los públicos, indicado para cualquier corazón lector
El guardia, el poeta y el prisionero de Lee Jung- Myung. 


El clásico de clásicos: Al este del edén de J. Steinbeck. No hay mejor motivo que la pregunta que fluye al terminarlo ¿por qué no lo leí antes?



Tres libros, tres mujeres, tres recomendaciones a la costilla, tremendas  

Cicatriz de Sara Mesa por su desasosiego. 
El comensal de Gabriela Ybarra un mazazo
La hija del este de Clara Usón realidad, ficción y boca abierta para la posteridad.  



Querido blog, disculpa las ausencias, comprende que detrás de la portada siempre hay una historia , algún día ¿quién sabe? quizá te la cuente. Mientras, nos leemos.

Un abrazo,
Marilú

jueves, 12 de noviembre de 2015

Neverhome (Laird Hunt)


Nosotras nunca ponemos la otra mejilla, ¿verdad, mamá?

Que en la portada aparezca un soldado, ya sea hombre o mujer, o que tuviese que ver con una guerra, en esta caso la civil americana, no fue impedimento para que me fijara en este libro. Está además ese subtitulo "Ella era más fuerte" y digo yo... ¿más fuerte que quién? y en las primeras líneas lo resuelve, más fuerte que él. Ajá, me dije, ajá y me lo llevé. 

Laird Hunt podría haber optado por guardar la identidad de su protagonista y usarlo como un giro  argumental sin embargo sabemos desde el minuto cero que la primera persona que habla es una mujer, una de las 400 que se vistieron de hombre para ir a al guerra. A posteriori me parece acertado, básicamente porque sí, el soldado Ash Thompson, Constance en su verdadera identidad, nos va a relatar qué le sucedió como testigo y ejecutora de algunas tropelías, lo va a hacer con su voz y vamos a comprobar que tampoco es alguien muy corriente, que dentro de los arquetipos de género hay cabida para todos. Allá vamos.

-Ah -dijo ella-, una joven casada, lejos de su hogar, viajando con un ejercito en tiempos de guerra. Una imagen extraordinaria. 
-Sí, señora -dije.

-Penélope se fue a la guerra y Ulises se quedó en casa.

La novela se divide en tres partes, en la primera escaramuzas y entrenamientos nos presentan a sus personajes, no tanto enfocado a los camaradas o al enemigo como a los recuerdos. Su madre, a la que evoca en distintas escenas, el marido Bartolomew que se queda en casa por un impedimento físico y al que escribe cartas como medio de comunicación. En este avance tiene lugar uno de los momentos más emblemáticos de la lectura, cuando el soldado Ash Thompson se hace leyenda por un acto de caballerosidad y destaca ante su general, pero cierra advirtiendo que lo peor está por llegar y llega. 
En el segundo tramo ya sí estamos en el frente. Las escenas son muy visuales pero pese a la dureza y el horror Laird Hunt nos regala instantes de cierta belleza poética sin caer en el daño. Acompañamos a la protagonista en enfrentamientos, capturas y estratagemas para poder salir al paso en la adversidad. Estas secuencias nos hacen vislumbrar la ingenuidad del soldado recién estrenado en las acciones. Hablamos de un personaje poliédrico que en sus contradicciones plantea la dualidad respecto a lo que se espera de un hombre (y el papel de la mujer en aquel tiempo). Pese a mantener en secreto su identidad tampoco incide de forma machacona en ello, ella sabe que no debe darse a conocer pero tampoco es lo principal. Y diréis ¿entonces que es lo principal? ya voy, ya...

Dormir sin soñar. Túnel sin final. Cielo sin estrella. Arco iris reducidos a sanguinolentos añicos de colores. 

Llegados a la última parte el soldado Ash (Constance) emprende la vuelta a casa. Nada más parece que pueda suceder pero es ahí donde encajas el tono confesional de la novela, que aceptas lo que aprende Ash en su recorrido y que da sentido a todo a lo que has visto.

Nerverhome es intensa, nos habla de lo fortuito pero también de como aceptamos el destino y su papel condicionante. Neverhome narra las cosas de forma suscinta para darnos una imagen de lo que sucede y los secundarios refuerzan su efecto sin caer en tópicos militaristas, tomar partido o llamar cobardica a nadie. Neverhome es la historia de la niña Constance. Lo que no es Neverhome es bélica (pese a estar ambientada en una guerra).

La pregunta es qué puede llevar a una mujer a tomar la decisión de participar en una contienda saltándose las reglas. Las motivaciones pueden ser variantes, el autor ni siquiera escoge a una persona real. Cuando Laird Hunt descubre a esas 400 mujeres decide relatar su propia historia, plausible, donde lo heroico no está en la decisión sino en como encarar los miedos. 

"Cojan esa pila de brazos", "Maten a todo aquello que se mueva. Maten a todo aquello que no se mueva". Eran las órdenes de mis tenientes y mis capitanes y mi coronel y cualquiera que llevase el uniforme debido. Uno obedecía, así de simple, y si en lo más enconado del combate no obedecía, moría. A veces moría de todos modos. Eso estaba siempre presente. La muerte era la ropa interior que llevábamos puesta."
Laird Hunt (Neverhome) 

lunes, 9 de noviembre de 2015

Le llamé corbata (Milena Michiko Flašar)


"Es difícil despertar a alguien que no duerme"
Permitidme que me salte el orden establecido en las reseñas. Fingid que alguna vez lo hubo. 

Hace unos días mientras conversaba con una persona que vive en la calle mencionó un libro que había leído multitud de veces, El lobo estepario y me explicaba la disonancia que sentía a la hora de relacionarse y la necesidad de estar solo. Como no leí a Hesse, no hay puntada sin hilo, ni momento significativo del que rechace un libro, me lo llevé prendido en una nota mental. Contada la anécdota os invito a hilarla. 

"Le llamé Corbata. 
El nombre le gustó. 
Le hizo reír. 
Franjas rojas y grises en su pecho. Es así como quiero recordarle."

La historia transcurre en Japón, Taguchi Hiro, un joven de veinte años, vive recluido en su dormitorio. Forma parte de un colectivo cada vez más frecuente por aquellas latitudes, los hikikomori

Todos los males que padece el ser humano no son universales, algunos son una respuesta cultural, el que nos ocupa podría corresponderse en Europa con un tipo de fobia social, agorafobia..., en definitiva una intensa ansiedad que conduce a la evitación de contacto social y al aislamiento (Más información, aquí).
"Mi habitación continuaba pareciendo una cueva. En ella había crecido. En ella había perdido literalmente mi inocencia. Me refiero a que hacerme mayor impidió una pérdida. Uno cree que ha ganado algo. En realidad se pierde uno mismo."
Volviendo a Japón, cada vez es más frecuente que jóvenes varones decidan confinar sus días a una habitación aislándose del mundo. A qué se dedican, varía, las causas, también. Hablemos del caso de  Hiro
Nuestro protagonista decide salir a hurtadillas para convencerse de que la grieta de la pared de su dormitorio cumple la misma función tanto dentro como fuera, ha pasado dos años mirándola y un día cede a su deseo de variar de perspectiva. Se sienta en un banco conocido y es allí donde conoce a un salaryman (oficinista) al que llamará Corbata. La historia es contada siete semanas posteriores a la última vez que se vieron. 
En un tono intimista Hiro nos relata los primeros compases de este encuentro, momentos en los que la observación e inferencia lo es todo. El mundo interior del chico desasosiega, paraliza, en definitiva retrata muchos miedos adquiridos. 
"Encontrarse con alguien significa implicarse. Quedar anudado a un hilo invisible. De ser humano a ser humano. Nada más que hilos. En todas direcciones. Encontrarse con alguien hace que te conviertas en parte del tejido; precisamente esto era lo que trataba de evitar."
Cuando rompen a hablar tampoco será sencillo. El oficinista abre la veda contando parte de los motivos que lo llevan con su almuerzo a ese banco del parque. Este paso abre la visión del lector. Las vivencias de ambos son un fardo de dolores y pérdida. Finalmente, un día, decidirán dar la oportunidad a que todo cambie y con espíritu optimista se cierra esta breve novela. 

La forma utilizada por su autora es la concisión extrema, frases cortas, capítulos escuetos, lenguaje sencillo y empleo de símbolos. Grieta, hilos, corbata, bentō (ración de comida preparada para llevar) y otros elementos suponen la cadencia. Los mensajes inscritos engullen su trama para hablarnos de incomunicación, culpa, soledad, castigo y miedo a vivir. Mi admiración para quienes dicen tanto en tan poco, chapó

Termina queriendo hacer posible lo que de corriente no lo sería (y un último coincidir es lo que chirría). En definitiva. Podemos estar solos, sentirnos solos, declararnos solos, pero al final deberemos tomar nuestra elección. Un poco más allá, ¿qué ocurre cuando se encuentran dos seres que dicen sentirse al margen de la sociedad que les circunda? Esta es una respuesta, la de Milena Michiko Flašar.

Empecé esta novela por azar, leyendo sin prisa para cerrarla sin dejar margen al tiempo, anudando hilos, dándome cuenta de que nada fue casual, que al igual que Hiro y el salaryman, el encuentro es una oportunidad, otra más, de cambio. Podría decir que se lee esta novela para saber del hikikomori, que se lee porque es bonita, que se lee porque tiene mucho de enseñanza, pero mejor digo que se lee porque se siente o simplemente porque no leíste a Hesse y te gustaría hacerlo, o mejor aún, digo que... anoche terminé esta novela.
"Da igual lo que sea, siéntelo de manera íntima y profunda. Siéntelo todavía un poco más íntimamente, un poco más en profundidad. Siéntelo para ti. Siéntelo para los otros. Y después: déjalo ir."

jueves, 5 de noviembre de 2015

#2 Cajón de arena: Colada de Dylan

Me lo han vuelto a hacer, diría que me la han vuelto a colar pero no sería del todo exacto. El colado he sido yo. Me confío a la cueva semirígida, la tomo por refugio en caso de estruendos varios ¿y qué me hacen? ¿eh? ¿eh? ¡Me la cierran! 

Dentada a dentada el chasquido de la suavona cremallera sella las fauces de su boca. Asomo a la retaguardia por una ventana de rejilla, pongo la pata y maúllo. No hay caso, la experiencia empeora, se bambolea. 

Reconozco la pisada rítmica de esta, la que nutre mis necesidades alimenticias. El ruido me desconcierta, pitidos, voces aflautadas, pelotas que rebotan y ruedas que se deslizan por el asfalto. Elementos urbanos que perturban mi paz gatuna. Decido tomar aire y tumbarme en la quietud, hacerme el muerto, el nunca vivo, con un poco de silencio, quizá, me olviden. El autoengaño dura lo que mijilla de jamón cocido en cuenco, un bocado.  

Llegado a una sala de luz blanca empiezo a intuir lo que procede. Abren de nuevo y sisean para darme caza. Me niego, reculo. En vista de los resultados una mano irrumpe haciéndose la amistosa, pilla pecho y lomo. Cuatro palabritas y dos rascadas tras la oreja y me convierto en el gato manso (y puede que algo menso por tolerar este atropello). La susodicha cuyo nombre no pienso acordarme está allí plantada dejando que me hagan todo tipo de manipulaciones. ¡El amasar se va a acabar! 

Me suben a una báscula, me frotan con un líquido apestoso, me engatusan con un saborcillo en jeringuilla ¡y me la clavan!. Hablan entre ellas, como si no estuviera presente. Que si hace esto, que si hace aquello, me siento más burlado que Tom por Jerry, hasta mis excrementos son tema de charla. 

Así que con las mismas, a la mínima de cambio, retorno a la cueva, hago de transportin madriguera y a dejarme llevar. Ya no  importan los ruidos, ni las motos a falta de silenciador. Me relamo en que pronto llegaremos a casa. Me acoplaré en su silla, achucharé su almohada, esparciré mis feromonas  para que sepa quien marca a quien, OH, MUNDO CRUEL.

Lamentablemente, cuando llegamos, me quedo dormido.


P.S. Que dice mi humana que intentará ponerse al día en contestar comentarios pero que la semana dura siete días y los días veinticuatro. Yo también creo que son excusas. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

El jardín de la memoria (Lea Vélez)

        "- Ante un accidente, un cadáver, el instinto, el deseo o como se llame, es mirar. Pero cuando hay otros delante, apartamos la vista para que no nos llamen morbosos. Me pregunto que haría si me encontrara con un cadáver, sin testigos, sin ojos desaprobadores.            
- Yo lo miraría, creo, lo miraría largamente.      
-Si estuviera bien visto escrutar la muerte, la observaríamos fascinados, fascinados y espantados.          
- ¿Y no sería bueno que no nos espantara la muerte?          
- Sería, como dicen los niños, "genial". 
 Asentí. Le cogí la mano. Cada minuto cuenta. Una hora es importante."
El fragmento reproduce un diálogo del libro, un fragmento que se hace dificultad, la de hablar, leer, mirar a la muerte. Un temita que nos devuelve, como yo devolví el libro a la biblioteca la primera vez que lo empecé, prefiriendo buscarlo y dejarlo disponible en el estante cuando tuviera a bien y el tiempo no estuviese presionando. 

Lea Vélez se prepara para cuando la muerte decida a visitar a su marido. Entre tanto  escribe, sobre el proceso, los instantes compartidos, el dotar de orden a la buhardilla, ¿como catarsis?, ?¿como esperanza? ¿como legado para sus hijos? como sea pero escribiendo, a la par que rastreando los pasos de alguien también familiarizado con la muerte, tan real como fue Francesc Boix, fotógrafo de guerra, testigo en Nuérenberg de los horrores nazis; custodio de imágenes que demostrarían al mundo que aquello fue verídico, tan verídico como que tú y yo nos estamos comunicando. 
El hilo que conecta y ayuda a encarar lo que esté por venir hacen al matrimonio abrir cartas que expliquen qué le sucedió al pequeño Collins y que ha seguido pasando a toda la familia política de la autora como en una corriente eléctrica, todo para llegar al principio. 
George Collinson fue diagnosticado de cáncer y Lea Vélez lo cuenta, tres tramas con una pasmosa fuerza. 
        Escribo sesenta secuencias sin la tecla de borrar. Me maravilla esta realidad que parece una película. Quizá me aterra y no soy consciente de que me aterra. El tiempo se nos va. O quizá esto sea el valor. Es posible que el valor simplemente sea la capacidad de comprender la inutilidad del miedo. 
Y como libro ¿qué valorar?

Stephen Collins siendo niño es ingresado en el hospital, las correspondencia que mantuvo se reproduce y no hay pegas, en todo caso preguntas, las debidas respuestas las disemina Vélez a su tiempo. 

Luego está el fotógrafo, cuya trama no es principal ni se desarrolla excesivamente. Pensemos en Boix como el trípode de cámara que nos coloca en la mejor distancia. La autora se siente fascinada por este hombre, por su papel en la historia, pero también próxima e identificada, ambos asisten al espectáculo de la muerte en primera fila y viven para contarlo. 

Por último y en lo personal, la vida de la pareja y el pudor, la vergüenza o qué tono se adopta para contar algo así, que tu pareja se muere. Es tal la entereza que nos muestra que casi no parece real pero por otra parte ¿cómo no mostrar entereza en el papel si quizá sea el medio para no caer derrumbada? ¿cómo no hacerlo si nos están mirando? 

Las tres partes empastan a la perfección, el ritmo es dinámico y todo se traduce en una prosa con mucha energía y convicción, capaz de conmover a las piedras o lanzarlas bien lejos, destensando el ambiente con humor y peculiaridades de familia que ayudan. No es el primero, ni será el último libro que lea con la muerte desde lo autobiográfico, ella está ahí y muchos la enfrentan con la escritura, por tanto, si existen comparaciones en cuanto a como narrar la tragedia de que morimos, de El jardín de la memoria destacaría el tirar hacia adelante con solvencia de tres tramas y el debate posterior que generó.  

Encontramos la muerte en el día día y eludimos pensar en ella, encontramos la muerte en los ratos que la mente se dispersa y la espantamos de la cabeza, cuando yo era niña abría un vacío y lo sabía, que tenía que irme a jugar, que aquel pensamiento recurrente y ladino no podía estar ahí, ni mucho menos comunicarlo. Me gustaría decir que ya no lo hago, pero prefiero obviar que somos finitos y sanseacabó. Y quizá sería más fácil como nos invita este libro a pensar, si hiciéramos parte, si con calma y acomodados la dejáramos pasar. Una mejor cultura de la muerte, para que, en lugar de pillarnos por sorpresa, nos ayudara a digerirla como una consecuencia más de estar vivos.  

"Lo más duro será cuando usted tenga que marcharse. Cuando sea el momentos de irse dígale cuánto le quiere y que va a volver a visitarle. No finja que se marcha sólo un momento; se pondrá más y más triste mientras espera a que usted vuelva. Dígale exactamente cuando piensa volver para que pueda contar con ella y le haga ilusión la espera. 

Una vez que se dice adiós, lo mejor es irse deprisa. La mayoría de los niños se ponen tristes cuando sus padres se van, pero dígaselo a la enfermera. Ella le reconfortará y tenemos comprobado que en seguida se calman."
Lea Vélez (El jardín de la memoria)

jueves, 29 de octubre de 2015

El libro cerrado (Jette A. Kaarsbøl)

El libro cerrado (Jette A. Kaarsbøl)
Editorial Lumen
590 páginas

¿Paciencia? Está aquí sentada, un día sí y otro también, y sin embargo no tiene paciencia. Espera. Siempre ha esperado....La vida: Una larga estancia en salas de espera cambiantes. 
Entonces, ¿puede decirse que ha vivido? 
¿A qué espera?, sentimos la tentación de preguntarle. 
Frederikke espera lo único que cabe esperar a estas alturas, la muerte, 
y aún con esta no tiene paciencia. 
Este es uno de los pasajes con los que su autora, Jette A. Kaarsbøl, nos retrata a su protagonista, Frederikke.  Fallecida en el invierno de 1933, junto a la ventana, con un libro cerrado que reúne los detalles de la vida que le ha tocado en suerte y que, como toda existencia, alternará felicidad y sinsabores, esperanzas y fracasos y como relevante y promotor de intriga para el lector, decisiones.

Frederikke forma parte de una familia de trazas conservadoras. Felizmente para su padre ya está prometida en un casamiento conveniente, no como la díscola de su hermana Helena, sin embargo, todo se pondrá patas arribas al entrar en contacto con los Faber y en concreto con Frederik (curioso que utilice el mismo nombre para los dos protagonistas en su versión masculina y femenina, algo que también se comentará en un diálogo durante la novela). //Si pensáis que hablamos de amor, lo podéis ir borrando// Soplan vientos liberales. Frederik propondrá una razonable vía de escape a  sus vidas, Frederikke se hará un lío y... habemus novela.  

Copenhague es la ciudad en torno a la que gira casi todo, por un lado la decrepitud de una Frederikke anciana desde 1932 hasta su muerte; y por otro, a modo de lectura del libro cerrado, los años que la atan a esa ventana, desde abril de 1875 hasta otro invierno, el de 1883. En definitiva, final de un siglo; y sabemos que pasa con los finales, que queremos empezar de nuevo, queremos más y mejor, queremos que de alguna manera todo cambie, y lo que hasta el momento nos convenía quizá sea hora de ponerlo en duda. Aunque..., no esperen detalles históricos, la novela cumple la función de ilustrar y entretener con los devenires de sus personajes. Esto es lo principal. Una novela cotidiana, de personajes muy bien caracterizados, donde se traduce un ambiente en la vida de sus criaturas de papel. 
«Se da la pérfida circunstancia de que las banalidades no nos resultan banales cuando nos encontramos inmersos en ellas.»
De narración peculiar en ocasiones sorprende con alusiones directas al lector. Esto, lejos de sacarnos de la historia, permite valorar cada paso y encrucijada de lo que va ocurriendo e imprime al texto cierta sugerencia. Kaarsbøl aligera con alguna dosis de suspense aunque también usa la parsimonia. Un lenguaje cuidado, de factura impecable, con escenas muy visuales y algún giro argumental inesperado aunque de desenlace visible //si como el burro solo esperábamos ver la zanahoria//

El resultado es satisfactorio y como traba hay un pasaje que no termino de entender la finalidad. El impedimento mayor que le encuentro, la madre de todos los impedimentos para leerla, es que está descatalogada. Los interesados tendrán que hacer las pesquisas pertinentes para dar con él. 

Frederikke no tendrá un carácter fácil, ni una situación halagüeña, pero sí una pesada mochila de convencionalismos. Por ello, cuando decida dar los primeros pasos hacia la libertad serán errados o quizá ilusos. Un novela con un deje nostálgico entre su páginas, el de quien lo intento y no pudo, el de la moralidad. 
"¿Puede medirse el dolor? No lo oye con nitidez, sino como el débil eco de un mundo lejano cuando la puerta principal se cierra de golpe. [....] Sí, el dolor puede medirse... Frederikke sabe cuán grande es el dolor, no necesita abrir los ojos: mide exactamente ochenta por ciento noventa centímetros, exactamente el vacío que, como un abismo, se abre a su lado en la oscuridad.
Entonces ¿puede medirse la alegría? Sí. Esta mide unos ínfimos veintitrés centímetros, que corresponden exactamente al papel de carta que Frederik, un par de horas más tarde, cuando la primera luz de la mañana se ha colada en la habitación, descubre que ha estado todo el tiempo sobre la almohada a su lado. "
Jette A. Kaarsbøl (El libro cerrado)

lunes, 26 de octubre de 2015

La lámpara maravillosa (William Ospina)

al triunvirato lector, por las noches de playa


Estamos de enhorabuena, Aladín o Aladino no fue el único que dio con la lámpara, pero es que además, estamos de suerte, porque ni uno, ni dos, ni tres son los deseos que nos concede, sino cinco. Un quinteto de razones para pedirle audiencia. Cinco lobitos tenía la loba y tres + dos nos traen a cuenta. Invoquemos al genio, el que se desliza bajo la forma de ensayo, el que sigiloso crea humareda en la conciencia del lector, la neblina blanca, ¿azulada?, con superficie de nácar y estrellas invitadas (palabrita mágica: ShakespeareBorgesJoyceMarquezByronKiplingKafkaProust) nos avisan en contraportada: "por citar solo unos pocos". No he perdido el juicio, ni aspirado más vaho del que correspondía. Ospina ha hablado y lo ha hecho en cinco textos breves que apenas superan las cien páginas en su conjunto, en un formato liviano, con una claridad meridiana, tomen asiento, los temas a tratar son los siguientes:

Preguntas para una nueva educación: El modelo educativo será objeto de análisis y disección en apenas treinta páginas. Ospina proporciona preguntas como ¿qué es el conocimiento? y también evidencias, que en la cacareada era de la comunicación, cuando la información es más accesible que nunca, cuando la difusión podría darnos tantas buenas noticias, se sabe menos, perdemos más y cavando un poco más en el pozo, ¿Qué pasaría si el aprender fuera perder y no ganar? 

"Platón decía que la ignorancia no es vacío sino una llenura. El que no sabe es el que más cree saber."
 Ante las dudas, preguntemos al maestro, ¡siguiente!. 

Carta al maestro desconocido: Y lo primero que hace es quitarle cargas, proporcionar alivio, reflexionar sobre el papel que tiene la escuela, que duda cabe, pero sobre todo caer sin doble moralidad ni bullas en el camino sobre la filosofía de enseñar, sobre aprender, más allá del acto mental de introducir datos en nuestro cerebro, alejarnos definitiva y airosamente de modelos más propios de CPU, "aprender con el cuerpo", actuemos contra la lógica defendida y guarden en memoria esta expresión, volveremos con la idea tras otro ensayo viral. ¡No se muevan!.

Lo que puede el lenguaje: La magia está en la lengua, ¿quién podría explicarlo mejor que los poetas? parece decirnos Ospina y nos deja algunos, poemas, y nos da ejemplos, intentaría parafrasear pero prefiero incluir una cita, dos puntos y comillas: 
“El círculo está en el diccionario, el vicio está en el diccionario, pero el círculo vicioso no está en el diccionario sino en el mundo. El cielo está en el diccionario. La sordera está en el diccionario, pero el sordo cielo es un invento o un descubrimiento de Shakespeare, que quería expresar su sensación de que los seres humanos estamos solos y de que no hay por fuera de la tierra nadie que nos escuche”
........ y tras una breve pausa

El cuerpo y la creación artística: pregunta con premio ¿qué expresión pedí que guardaran? Exacto: aprender con el cuerpo y a esto unan lo que sigue "el grado de aprovechamiento de lo que uno recibe depende mucho de los talentos naturales de quien aprende". Ospina bosqueja un modelo de enseñanza en el que lo individual esté por encima de lo colectivo, aprender desde las potencialidad, vivir con pasión y trabajar con vocación o al menos intentarlo. Suena a utopía, lo sé, pero es bonito soñarlo. 

Es el primer ensayo pero he decidido colocarlo el último porque..., si no fue suficiente el ejercicio persuasivo, si no hubo forma ni manera de llegar a ti, reticente de la no ficción, descreído de que el ensayo tenga algo que decirte, he aquí el alma definitiva, el triple salto mortal, la razón primera por la que no debes salir de aquí sin cumplir deseos. La lámpara maravillosa: 
El escrito de lo escrito, el dedicado al lector, el sentir de uno de tus congéneres de vicio, la inspiración que nadie menos que Homero prendió en Ospina, un ensayo sobre la lectura, donde concluí que vivimos de la experiencia y SUPER-vivimos con la imaginación