miércoles, 29 de julio de 2015

El año del verano que nunca llegó (William Ospina)

El año del verano Que Nunca Llegó 
(William Ospina) 
Literatura Random House 
304 Páginas

De los muchos seres que conocemos muy pocos llegan a ser nuestros amigos, y todavía menos se convierten en amigos entrañables, que enlazaron su vida con la nuestra y con quienes vivimos desde entonces un destino común.
Dos amigos son dos seres que no han podido escapar a la magia, a la fascinación de un encuentro [...]
Ayer, sin ir más lejos, estuve despotricando del verano y su pegajosa costumbre de hacernos sudar. Así que pensar en un año cuyo verano nunca llegó era cuanto menos tentador. No obstante, el periodo estival que nos ocupa asume elementos infrecuentes. Abandonamos playa pero no sombras.

Desde la teoría del caos se nos insiste en la máxima de que el aleteo de una mariposa podría producir una tormenta en Nueva York. Este efecto se basa en que una mínima discrepancia, por insignificante que sea, podría revolucionar un sistema que no atiende a la lógica, por ejemplo el clima. No lo digo yo. Lorenz propuso unas bonitas ecuaciones predictivas para llegar a la conclusión de que los reinos del caos son inescrutables. Es decir, que la exactitud convoca cuando a ella le parece.

Pues bien. La historia empolva 1816 bajo una erupción volcánica. El prodigio de la concatenación produce una noche de tres días, un frío abrumador y que los monstruos salgan a relucir. Por si no intimida lo suficiente les pondré nombre, Frankenstein y el vampiro ¿que comúnmente se le llama Drácula? Eso fue después, hablamos del originario. 

En esa larga noche, el día del verano este que no llegó, varias personas coinciden en Villa Diodati, una señora mansión ubicada en Cologny, Suiza. Idílica por fuera, estremecedora si miramos lectura adentro. Lord Byron, Piercy Shelley, Mary Wollstonecraft, John William Polidori y Claire Clairmont, es el elenco de residentes. 

A poco que sepamos de alguno de ellos podemos vaticinar una muestra del terror en estado puro. La obviedad es actual pero no cae en saco roto. Si el aleteo de una mariposa podría producir un tsunami (o a saber qué cosa en la otra punta del globo) ¿qué cambiaría del encuentro de esta gente?. La literatura nos lo cuenta, un cambio de rumbo, en sus vidas y en las nuestras, la leyenda pervive solo cuando encuentra quien la oiga. 

Aquel día aleteó y para descifrar esa noche el autor del libro transita en su obsesión. El empeño le supone múltiples viajes con fines literarios que aprovecha para seguir indagando. Teorías y descubrimientos en primera persona pero también migajas de historia que desgrana en el orden que mejor le parece, lo anecdótico sorprende y lo demostrado produce reflexión. 

Una lectura con una agilidad tremenda pese al calado que destila, junto al control del lenguaje que Ospina ostenta donde, además de curiosidades a tutiplen, domina el apasionamiento.

Si extendemos la materia durante años y no desfallece sino que hilvana, nacen libros como este. Un papel que traspasa, una energía. Eso es. Ospina se documentó, hizo las preguntas, encontró alguna respuesta, dudó. Si como lectores le pedimos al libro "que nos hable" como escritor la misión es hacerlo suyo. 

El año del verano que nunca llegó es una lectura magnífica, una novela peculiar por el estilo en que resulta contada y por su juego entre luces y sombras. Con eso me quedo, todos los hilos, todas las ramas, todas los veranos que podría releer este libro que no acabó. 

" [...], si de todas las formas de provocar la muerte no se pueden aprender todas las formas de vivir y de provocar la vida; si al final no serán la misma cosa medicina y religión; si son susceptibles de uso médico el frío y el calor, el polen y el viento, escalar montañas y montar a caballo, mirar el mar o mirar las estrellas; si así como la peor enfermedad de una persona suele ser otra persona, acaso el mejor remedio para un ser humano no será otro ser humano."

William Ospina (El año del verano que nunca llegó) 

miércoles, 22 de julio de 2015

#1 Cajón de arena: "De noche, todos los gatos son pardos"

"De noche, todos los gatos son pardos", no sé que pretenden con semejante expresión, mi pelaje es más bien grisáceo, atigrado, pero sueltan eso sin pudor alguno el par de frescas, las dos sentadas, allí, en la mesa, al lado de la ventana, en una noche oscura de treinta grados. Me atuso el bigote y ni se inmutan, me lavo por si refrigera y nada. Me pongo en la posición del minino sedente y ni una sonrisa ladea. Se acabó. 

No me molesta que hablen de gatos, ni que usen nuestra especie para el refranero. Ahora bien, lo que resulta un incordio es que con este calor se pongan justo en el lugar más fresco de la casa y no contentas con ello, cada vez que me aproxime me suelten un NO avieso y borde. Es cierto que por una entra y por la otra sale, que para algo llevo las orejas bien abiertas y expectantes, pero ahora que han terminado la pizza, que la rubia fuma y mantiene el brazo fuera, que la otra recoge sus piernas en la silla, que parecen relajadas y a lo suyo, AHORA, es el momento. 

Subo a los travesaños de la silla, doy un par de vueltas con sigilo, me quedo al filo y giro el cuerpo para engancharme al siguiente nivel. El cojín me recibe tan mullido como de costumbre, el mantel cubre, la mesa tapa, la silla está metida y  mi visión se reduce a las piernas de estas dos, pongo mi mejor cara, retiro lo necesario y asomo, colocando las patitas en el tablero sin mostrar uña, con la mirada más huérfana que manejo. Entonces oigo: ¡Dylan!.  

Dylan con tono, Dylan en un sí pero no, un quizá subrepticio, la posibilidad contenida en un par de sílabas, en definitiva, me han visto y en conclusión, hemos avanzado, del NO al nombre. Es hora de dar el siguiente paso. 

Brinco y subo, la caja ocupa mi espacio, a pasos cortos, mesurado, me dirijo a ella, sé que tengo las miradas de la concurrencia, ES MI MOMENTO, SEÑORAS. Extiendo la pata y doy un toquecito en el lateral del cuadrilátero que apesta a queso, el cartón está libre, las barrigas llenas, por eso se desplaza y lo pillan.¡Alabado sea Garfield!. 

Quitan la caja de mi vista. Mi expresión es otra, mi epopeya lograda. Al fin me repantingo a lo largo. Todo son caricias y palabras llenas. Comentarios sobre lo guapo, lo listo, la elegancia que caracteriza mi abolengo. 

Una raza superior, queridas, que ha venido para quedarse.

martes, 16 de junio de 2015

#39 Cajón desastre... Lolita...

Lola siempre fue de pocas palabras pero se prestaba a todo, incluso para las carreras a cero bullas por hora. Su caminar se mantenía ajeno al objetivo: rucula, canónigo o escarola le daban exactamente igual. Se puede afirmar que era una tortuga de rodeo, no tomaba atajos pero sí desvíos. El frenesí lo ponía en el masticar de las lechugas, una campeona a mandíbula batiente, una filosófica de postura, de movimientos justos y pasos contados. Relax. 

En sus ratos libres practicaba un ocio disoluto, casi inmoral, horas bajo el sol que más calienta. Al fresco le traía si llegabas a casa agobiada. Cuando asomabas, Lola, tras una elevación de cabeza, saludaba con un parpadeo sin pestaña y mantenía el dormir. 

Nuestras mayores trifulcas se producían con el aseo, mostraba su habilidad atlética dándote patadas para que fueras con ese cepillito a frotar conchas a la playa. Por semejantes ocasiones supe del ritmo vertiginoso de su patas, sospechaba que mantenía el secreto porque a fin de cuentas ¿qué prisa había? Ninguna. 

Por eso, durante un tiempo, me pregunté a qué esa salida de juego tan temprana, estuve dando largas explicaciones de por qué me afectaba tanto su marcha. Pese a tener una relación tan fría (no había de otra, lo llevaba en la sangre) Lola ocupó un lugar, mayor que el espacio que vaciaba. 

Un día escribes un whatsapp porque tienes nueva compañera de piso y otro, años después, usas el mismo sistema para salir acompañada a las dos de la mañana a decir adiós. Las despedidas se me dan fatal, caparazón duro, patata blandengue. Esa es la fulgurante carrera de Lola en casa. Hablo de ella por no ser ella, contenida, y vengo ahora (meses a) porque podía haberle dado cajón antes, el que tenía virutas de presentación, de estima, pero ya no importa, una cosa no quita otra, una mascota solo da. Lolita lo dio todo.


Dylan el felino -ffffffffffffffg- (letras insertadas por él) 

Un pajarito azul vino contando de una gatita abandonada en una carretera hace cuestión de semanas. Una reunión de carácter urgente, coche mediante y una entrega. Habemus gata. 

Tras dos días de intenso jugueteo, charcos de baba y admiración mutua, vamos al veterinario a que nos descubra los prodigios de la madre Natura. Me dieron gata por liebre gato, y yo, madre primeriza, me dejé llevar. Una anécdota para los nietos (ya te veo, Norah, ya).

La criatura se llama Dylan, en honor al poeta, dicho sea de paso (Dylan Thomas, el cachorro, bohemio y excesivo). 

La vida con Dylan está repleta de travesuras, ronroneos y miraditas de préstame atención. Aún aprende eso de no muerdas la mano que te da de comer, reclama su presencia paseando por delante de la tele, se mete entre tu cara, tu libro y el caralibro o instagram (para observación de los usurarios) y sí, también roba en blogs ajenos, ocupando el puesto que una gana con el sudor de su tweet. Se percibe que es un gato con carácter. Hasta ahí puedo contar (pero contaré) y cualquier pretexto es bueno para subir una foto.

Les presento y me despido, la vida es así. 

Dylan y Cuentalibros se toman un periodo sabático de blog (que no una desaparición total) no puedo llamarlo vacaciones (ojalá) sino tareas de producción, los asiduos saben donde encontrarme y los que no, den un silbidito. Por supuesto, amenazamos con volver, así que... disfruten.

lunes, 8 de junio de 2015

La vida equivocada (Luisgé Martín)

La vida equivocada (Luisgé Martín)
Editorial Anagrama
288 páginas
La vida es esa cosa insustancial y extraña que no lleva a ninguna parte y que, incluso si se vive venturosamente, se deshace luego. La vida es esa cosa de la que te culpo a ti, madre.

La revelación podría acontecer mientras friegas los platos, jabón, aclarar, escurrir y desagüe, ahí, el resto de los restos, diluido en el purificar la vajilla, el poso ha destilado sus últimos efluvios, el despojo se ha lavado. La vida podría errar y para eso no existen jabones. ¿En qué punto se va uno por el sumidero? ¿,qué línea cruzamos para decir error?. Friegas los platos y desconciertas. La vida te equivoca. 

Luisgé Martín titula así su nueva novela, una vida que son al menos dos y si me apuras tres. La de Max siendo un joven Adonis y por tanto irresistible. La de quien lo cuenta en primera persona, haciéndonos creer que lo conoció, que la pasión vira a ceniza y que en los secretos de un tercer, Elías, padre de Max, puede estar la clave.

El autor nos habla de vidas pero empieza con un Principio de muerte, por comparaciones, con lo peor que le puede pasar a un hombre, en una carta a la madre, en el tono hipnótico de no poder para hasta llegar al Final, pasando por Max y Elías. Estas dos paradas son biografías, bastante exhaustivas, donde lo que pasa no es tan importante y lo verosímil no siempre alza la voz de presente (pero yo me dejo). 

La vida equivocada evidencia la fatalidad de confundirse, de hacer las cosas mal. La cuestión sería como saber lo que está bien (apéndice a escribir en el libro vital). A Max lo convidan por el mundo y se nos ancla a lo normativo, buscando sin saber qué, añorando lo efímero que nunca se alcanza. Por el contrario, Elías encuentra cuarto y parcela, por contra, se aleja de lo convencional. Es curioso que tocando un tema escabroso de atracción sexual no termines de rechazar al personaje. Casi dos novelas cortas que se engarzan dentro de la misma, cruce y desenredo hasta el derruir. 

Esta es la segunda ocasión en la que leo a Martín y me impulsa a mirar atrás a la espera de lo que esté por venir. Si la lectura es un idioma, hablamos el mismo. Al terminar, además de su argumento, del sumidero que deja, contuve una indeterminación, una vaga familiaridad que confirmé en un debate con posterior asombro (ya sabes tú). Las formas en las que se mueve, el tono que adopta, el uso del lenguaje y la casualidad. 

La vida equivocada es una novela sugestiva y proclive a explorar en más de un sentido y frase, narrada con oficio y buen hacer, eso es lo más representativo. Dicen que Luisgé reitera en sus temas pero en entrevistas considera con esta el cierre de un ciclo. Sea como fuere espero enmendarme y salir del fregao.  
"Tocar", decía levantando la mano con los dedos muy abiertos en forma de garra. "Ver", añadía señalándose los dos ojos. "Oler", concluía mientras olfateaba el aire en forma de sabueso. "Eso es lo único que calma, lo único que prueba que no estás muerto. ¿Cuando alguien lee tus libros hay alguna reacción en el sistema nervioso? ¿Se produce un espasmo o una eyaculación?¿se siente dolor?" [...] "Tocar, ver, oler", admití yo. "Lo demás es silencio."
La vida equivocada (Luisgé Martín)

viernes, 5 de junio de 2015

Los amigos (Kazumi Yumoto)

Los amigos (Kazumi Yumoto) 
Ediciones Nocturna
210 páginas


Toda ciencia empieza por la experimentación, para saber de la muerte es arriesgado pasar por ella, así que despejando la X y de paso incógnitas tres amigos, Yamashita el gordinflón, Kiyama el larguirucho y Kawabe el raro deciden ingeniárselas. Tienen doce años, juegan fútbol, se van de acampada, las cosas habituales, entonces ¿a qué ese perturbador interés? La respuesta siempre es la más sencilla, la abuela de uno fallece. 

El secretismo en torno al óbito genera fábulas, fantasías, habladuría de más allá que acá no se publicitan, en el trance, la cuestión es qué sucede, cómo termina, alejado de casa o en ella, oculta entre las sombras del mejor no hablar. 

Para los mayores es difícil porque perder duele y responder lo que se desconoce tampoco es tarea pequeña, ellos ocultan, pero los chicos preguntan y a falta, experimentan. Espiar al viejo vecino de una calle cercana al colegio podría servir, han oído que morirá pronto, ya se sabe, todo es cuestión de esperar...

Con este arranque los tres amigos se embarcan en un travesura de dimensiones metafísicas. El miedo campa a su anchas, el destino pone el señuelo y así, entre hacer recados, plantaciones y un lenguaje muy sencillo, contado por uno de ellos, nos permiten atisbar sus experiencias. Vidas que les marcarán, no solo para cuando llegue el día sino para que el resto adquiera algún sentido. 

Una novela que dura un suspiro, a capítulos cortos y complicaciones esperadas que van introduciendo al lector en su trama. Estos chicos no resultarán angelines y su afrontamiento de la adversidad roza un humor negro soterrado pero latente. En el extremo opuesto, aquel calificado de viejo representa todo lo que el desfase generacional parece imponer como distante. Típico señor huraño cuya podredumbre se fulmina a conversaciones, donde lo aparente deja a sitio a lo importante. A bocados de vida. Donde los niños, niños son. 

Y me ha gustado por ganar en el avance pero sin salirse de lo marcado, dulzura justa, amargor exacto, lo que otorga la tierra. Kazumi Yumoto fue premiada por esta novela e incluso se hizo adaptación a cine. La autora insiste en los problemas de los niños en Japón (y sin mirar tan lejos) para valorar la vida y su infinito de posibles. Esta pretende ser su aportación. 
"Un tío mío me dijo hace mucho, mucho tiempo que morirse es dejar de respirar. En aquel entonces le creí. Pero ahora sé que no es verdad. Vivir es algo más que respirar. Y morir tiene que ser algo más que dejar de respirar, supongo."
Los amigos (Kazumi Yumoto)

martes, 2 de junio de 2015

Los millones de Brewster (George Barr McCutcheon)

Los millones de Brewster 
(George Barr McCutcheon)
Alba editorial
Colección Rara avis
304 páginas

¿La alineación de los planetas? ¿el esquema de la osa mayor? ¿el destino y sus designios? No, fue Serendipia. Cualquiera no podía saltarse esta recomendación y más cuando se colocó en mi campo visual en el momento oportuno, yo no quería ¡fue él! (excusa barata de las 20:14). 

El argumento me parecía llamativo y la frase: "George Barr McCutcheon escribió Los millones de Brewster (1902) por una apuesta" fue lo definitivo, porque de eso va, del vil metal y a mi me gusta el juego,, o ganar ¿a quién no? ¿he dicho que no soy competitiva? en todo caso, curiosa...  

En contra del dicho popular: más vale pájaro en mano que ciento volando, asistimos a una contrarreloj para el uso y disfrute de mucho dinero. A la par, el autor escribió esta historia como apuesta con su editor, publicar bajo seudónimo y convertirse en éxito de ventas (no sé yo si  a día de hoy esto lo harían muchos). Para conseguirlo nos plantea un argumento llamativo: 

Monty Brewster se nos presenta como un bien ganancial en los círculos más exclusivos de Nueva York. Un buen partido pero también un joven apuesto sin tantas pretensiones como cabría esperar. Su vida efectúa un giro cuando fallece su abuelo y hereda un millón de dolares. La sorpresa es que poco después recibe otra herencia, esta vez de un tío suyo apenas conocido. 

Abuelo y tío no tuvieron mucha cordialidad y parece que como última jugada propone este señor que el joven disfrute de ¡siete millones de dolares! si y solo si, en el plazo de un año liquida el primer millón heredado. 

Es decir, Monty no debe tener bien alguno para percibir la segunda herencia, con algunas puntualizaciones en cuanto a su uso y disfrute pero sobre todo con la premisa de no contar nada a nadie. Expuestas las reglas del juego con un año por delante ¡que empiece la función! 

Además de hacernos padecer in extremis por la trágica experiencia de gastar un millón de pavos, las artimañas del autor para embaucarnos son el empleo de capítulos breves, enredos varios, malos entendidos y un personaje que pese a su "buena fortuna" no desagrade en absoluto. La historia se sucede a buen ritmo y se elabora con toda naturalidad. 

Colaboran un estilo pulido, sintético y una trama que atravesamos con intriga creciente, no solo la de saber como termina sino el qué más puede pasar. Ganancias y pérdidas revolotean haciendo el recorrido toda una noria de sensaciones. Los mejores momentos se producen al leer la correspondencia de albacea y joven Brewster, cargada de socarronería y mucha intención. 

Aunque cataloguemos esta obra como ligera se nos plantearán cuestiones de calado como las prioridades, el estatus económico, nuestras relaciones sociales pero sobre todo la mirada de los otros -que podría ser la nuestra- (¿incomprensiva, envidiosa, interesada?). Multitud de ejemplos contemporáneos avalan que  a persona adinerada la suspicacia le rodea. 

Monty Brewster lo pasa regular en la novela, el lector lo pasa bien y el autor gana cien dolares. 

Funcionó. Los millones de Brewster fue un éxito al ser publicada. ¿Azar, talento, suerte, envidia cochina? Juzguen y lean. 
"Brewster se fue dando cuenta poco a poco de una cosa. Se había pasado al vida preguntándose de dónde iba a sacar el dinero para pagar sus facturas, pero jamás había pensado que gastar dinero pudiese ser tan difícil como ganarlo" 
 George Barr McCutcheon (Los millones de Brewster)

lunes, 18 de mayo de 2015

Por favor, cuida de mamá (Kiung-Sook Shin)

Por favor, cuida de mamá (Kiung-Sook Shin)
Editorial Grijalbo
237 páginas

Por favor, cuida de mamá casi no ha reposado en el estante, en una criba de primeras páginas quedé anclada en su primera línea: "HACE UNA SEMANA que desapareció mamá".

Park So-nyo y su marido iban a Seúl a visitar a su hijo mayor. Ambos deben coger el metro y en el bullicio de la estación, con el andar apresurado, cuando uno quiere acordar lo que era  se transforma en fue. La madre desaparece y empieza la búsqueda por parte de sus hijos. Los rasgos físicos no concuerdan, la última foto no parece ella, estrictamente hablando puede que la desaparición tuviese lugar mucho tiempo antes, de eso va esta novela. 

Kiung-Sook Shin utiliza cuatro voces para perfilar a esta mujer de sesenta y nueve años, campesina, analfabeta, ejemplo de entrega pero también de vigor, la misma que encarna una visión tradicional de la mujer en Corea del Sur. El enclave nos invita a conocer aspectos sobre la alimentación, costumbres y otros elementos culturales. Metidos en faena, pese a que la gran ausente es la gran protagonista, la familia deja vislumbrar sus entresijos. 

No pasamos el libro inquiriendo. Comienza una de las hijas, escritora, cosmopolita, de carácter ambivalente, representante del individualismo de otra generación. Abre la novela y tira del hilo, de la culpa, del recuerdo. Entremezcla momentos del presente en que organizan la búsqueda de su madre, con recuerdos del pasado y paralelismos subjetivos de la vida de ambas. 

La búsqueda continúa, le sucede el hijo, cuenta su versión, suma memoria a la imagen de su madre, resta culpa, otorga agradecimiento, toma el mando y se lamenta por lo que su padre no supo ver. Es este, el marido, quien nos habla en la tercera parte y por último ella. 

El estilo es muy sencillo, reposado, con imágenes llenas de sutileza y evocación, pese a ello, la historia es cruda, llegando a bordear la asfixia y lo dramático. No se recrea en el dolor pero son tantos los desplantes y la falta de atención por parte de la familia que me ha incomodado. Tanto es así que reconozco haberme salido de la lectura, tramos en los que se me hacia cuesta arriba proseguir y que (menos mal) se van alternando con algo de disfrute y secretos que ayudan a aligerar. Estaba deseando que la mujer cogiera la maleta y agur yogurt. Incluso haciendo conjeturas sobre el desenlace que es coherente con el resto (y no lo voy a criticar) me hubiera gustado que fuese otro. 

Una novela muy asequible en su narración con buenas intenciones, con un mensaje importante, sin duda, pero que se me ha hecho corta para lo pretendido y larga para lo que aparentaba. Pobre mujer... ¿de verdad era necesario hacerla pasar por todo eso? ¿de verdad los hijos son tan ciegos?

Así que así, molesta, terminé el libro. Busqué opiniones pero me di cuenta de que era minoría. De modo que leí entrevistas para saber que pretendía la autora. Me encuentro que no quiere hacer reproches a las nuevas generaciones pero sí recordar a los hijos la entrega de sus padres. Mensaje recibido. Mi opinión ha ido oscilando al respecto, desde el fastidio con lo leído, a la pregunta de por qué me incomodaba tanto. Esto no es necesariamente algo malo, debo añadir (soy de las que piensan que un libro que te cuestiona es mejor que uno que deja indiferente). 

Lo he pensado, le he dado muchas vueltas, ahí voy. He llegado a la conclusión de que se excede, me creo que existan penalidades y que en el sorteo le toquen todas pero un poco menos habría sido un respiro para todos, pero lo que de verdad me supera es el clima emocional de los personajes, la culpa cuando ya es tarde, la sensación de ocasiones no aprovechadas. 

No me extraña que se llame Por favor, cuida de mamá, eso es lo que tendrían que haberle dicho a estos hijos, porque encima, como ya digo, el drama no es que se pierda en una estación, el drama es todo el tiempo que estuvo ahí y nadie la miró, desolador.  

Cuando pienso en Park So-nyo solo me dan ganas de decirle: vuela libre o quizá, de decírmelo a mi: vuela libre y pese a todo, aún nos cuesta. 

Para ti, mamá siempre era mamá. Nunca se te pasó por la cabeza que un día habría dado su primer paso, o que había tenido tres, doce o veinte años. Mamá era mamá. Había nacido siendo mamá. Hasta que la viste correr de ese modo hacia tu tío, no caíste en la cuenta de que era un ser humano que sentía exactamente lo mismo que tú por tus hermanos, y ese descubrimiento te llevó a tomar conciencia de que ella también había tenido infancia. Desde entonces, a veces pensaba en mamá como niña, como adolescente, como recién casada, como madre que acaba de darte a luz. 
Kiung-Sook Shin (Por favor, cuida de mamá )