lunes, 17 de octubre de 2016

Me llamo Lucy Barton (Elizabeth Strout)



Las relaciones familiares son un berenjenal. Meterse a escribir sobre ellas exige alto grado de observación pero sobre todo requiere profundidad. De hecho, las palabras entre personas de una misma familia en ocasiones transmiten menos que el mirar, y es así, por medio de pequeños gestos, a modo de testigos expectantes que Lucy Burton se nos presenta.

Ella, Lucy, es ingresada en un hospital para una intervención del apéndice y en esos días, ni marido ni hijas (apenas unas niñas) parecen hacerse cargo, por lo que aparece en escena la madre, como última carta de la baraja. Una madre sobre la que sentimos desde el principio distancia e incluso frialdad. Ambas pasarán cinco días y sus respectivas noches juntas, en compañía y charla. Resulta fácil escucharlas pero también vetado, entre líneas el lector vislumbra mucho por decir, un buen margen de silencios.  

Escrita con una sencillez absoluta destaca esta novela por su protagonista. Una mujer que se me antojó sumisa, bienintencionada e incluso falta de iniciativa, sin embargo, conforme avanza la historia reúne características de tenacidad y fortaleza que la hicieron salir a flote. Armada sobre esos días pero también con saltos en el tiempo, desvelaremos que ocurrió después del hospital, así como los  recuerdos de su prota.

Strout define a Lucy como superviviente, como lectora veo a alguien deseando amar y ser amada. Curioso, porque es una mujer casada y tiene dos hijas a las que adora. ¿qué le pasa? se pregunta una. La respuesta la encontramos en su infancia.

Madre e hija son el reflejo de una vida rigurosa, de pobreza extrema y de desapego con el dolor. De alguna manera te hacen pensar en que si no miras a la cara de lo que duele, simplemente no está. Para la primera el resultado parece la condena a "perder" de alguna forma a sus hijos. Para Lucy el resultado es de insatisfacción, el ocupar un lugar en el mundo que le costará superar. Alguien que siempre se ve por debajo de y aún en su mejor momento, cuando no tenga necesidad, seguirá sin apenas dar un vuelco a sus circunstancias. 

Me ocurren varias cosas con esta novela. Por un lado me gusta que se de cabida un personaje algo alejado de los típicos. Me pasó con Stoner, ese tipo de gente apocada suele contar con mi admiración. 

Me convence el desarrollo, la idea de que la infancia también puede ser superada, que no estamos condenado a ser quienes parecía que eramos. Genial.

Hay fragmentos a subrayar... pero para mi esta novela se queda un pelín corta, da tanto por hecho que no me terminó de cuajar. 

Lo comentaba al principio, escribir sobre familias me parece complejo. Strout refleja esta difícil relación y sale airosa. Nos pone en vilo, consigue que veamos amor cuando parecía que no lo había, captamos y sentimos, pero puestos a pedir, hubiera preferido alguna explicación más. Tan sutil que no entra en ningún punto para comprender (maltrato, rechazo, pobreza, etc.) 

En mi opinión se queda por la superficie, un mensaje sobre como condiciona el pasado pero también de como se puede superar. Está bien planteada, toca la fibra emocional, hay instantes que asistes como alguien en esa habitación, pero si hubiese ido hacia algún extremo la pieza estaría redonda. Ni mucho menos para desaconsejar. Es la primera novela de la autora que leo y sus maneras, historia e intenciones convencen, me faltó ese algo más. 
Ésta es una historia de amor, tu lo sabes. Es la historia de un hombre atormentado todos los días de su vida por cosas que hizo en la guerra. Es al historia de una esposa que se quedó a su lado, porque eso es lo que hacían la mayoría de las esposas de esa generación, y cuando va a la habitación del hospital a ver a su hija habla compulsivamente de que el matrimonio de todo el mundo va mal, y ella ni si quiera lo sabe, ni si quiera sabe lo que está haciendo. Es la historia de una madre que quiere a su hija. De una manera imperfecta, porque todos amamos de una manera imperfecta. Pero si mientras escribes esta novela te das cuenta de que estás protegiendo a alguien, recuerda una cosa: que no lo estás haciendo bien.
Elizabeth Strout (Me llamo Lucy Barton) 


lunes, 10 de octubre de 2016

Tu amor es infinito (María Peura)



El abuelito conoce las reglas, pero ahora no se acuerda de obedecerlas. Cruza la línea, entra en mi círculo. Grito que no tiene permiso para entrar, pero no me hace caso, no no, y entra de todos modos, camina sobre mí con las botas puestas, pisotea los girasoles amarillos hasta matarlos. Tras le abuelito solo queda negrura. Sólo negrura. 

Suelo dejar algún tiempo de reposo antes de sentarme a escribir una reseña, con Tu amor es infinito este protocolo deja de ser una opción y se transforma en necesidad. Desintoxicarse para articular, para saber qué decir. Un libro que pone al lector en guardia desde sus primeras frases, un título sobre el que te preguntas una vez comenzado si debes continuar. Parecía una broma pesada, tan explícito y desalmado que el único aliento está en comprobar que la cosa mejora, en pedir que la situación se arregle y que el horror de esta niña llegue a su fin. El lector se une con incomodidad, repudio y esperanza. 

Nos trasladamos con Saraa, una niña de siete años, a casa de sus abuelos mientras sus padres arreglan el hogar. Una bonita forma de referenciar que el matrimonio atraviesa dificultades y prefieren que la niña no sea testigo y victima de las decisiones de sus mayores. Sin embargo, en vista de las circunstancias, flaco favor le hacen. 

Presenciamos a través de los ojos de Saraa los abusos sexuales que padece y por si no es bastante, también hay maltrato. No es el primer libro ni el último que expone este tipo de problemática, punible y meritoria del mayor rechazo social. Sin embargo, lo que sucede precisamente por esta aversión, es que se obvian los hechos, se prefiere desviar la mirada, en un intento elusivo de no creer que es verdad. 

Tu amor es infinito es un libro escrito con una delicadeza y lirismo extremo. Saraa utiliza toda su imaginación para escapar. En sus fantasías la naturaleza cobra vida. Flores, colores, vestidos, amigos imaginarios, bosques sin fin y plegarias, a los cercanos, a quien pueda escuchar. Apenas roza la felicidad y ante la barbarie entremezcla. Oímos su voz y en ocasiones la de otro personaje, cuya identidad desvelamos bien avanzada la media lectura. 

Peura no justifica las acciones, no otorga un vengativo final, resulta coherente, realista, apaciguador. Restituye la alegría aunque el lector sospecha que algo inquebrantable queda ahí, una marca que espera, algún día cicatrice. 

Esta escueta novela refleja los mecanismos que el ser humano emplea cuando no puede aguantar. La desvinculación con el propio cuerpo, la desrealización. También el sentimiento de culpa, la asunción por parte de la victima de los hechos a los que son sometidos, la vergüenza, el pavor a contarlo. No solo influye la coacción, sino que la victima, Saraa, llega a considerarse sucia, repulsiva, mala. Esto hace daño al lector, le conmueve, le revuelve las tripas, se asusta, porque alrededor hay gente capaz de detectarlo y no hace nada, entonces surge la rabia. 

El coraje no se dirige únicamente al ejecutor, salpica a quien intuye y calla, presiente y silencia, percibe y se queda parado. Ese silencio culpable, ese silencio que envuelve al lector, que le arrincona para discernir el límite entre el miedo a admitir y el valor moral, ese silencio del que se siente participe por estar leyendo ahí. Una pérdida de la inocencia. La belleza que cuenta el horror. 
"El miedo sale del vaso de refresco y se me derrama por la pechera de la camisa. Acurrucada bajo la mesa del zaguán, escucho a la abuelita rugiéndole al abuelito y al abuelito, a la abuelita. A Saraa la maldicen, a Saraa la difaman, a Saraa la destrozan palabras feas. No quiero ser Saraa."
María Peura (Tu amor es infinito) 

lunes, 3 de octubre de 2016

Al este del Edén (John Steinbeck)

"Bien, aquí tienes la caja que querías. He puesto en ella casi todo lo que yo tenía, y todavía no está llena. Hay en ella dolor y excitación, sentimientos, buenos y malos y malos pensamientos y buenos pensamientos… el placer del constructor, algo de desesperación y el gozo indescriptible de la creación.

Y, por encima de todo, la gratitud y el afecto que siento por ti.

Y todavía la caja no está colmada." 

John
Abramos:

Al este del Edén (John Steinbeck)
Colección fábula
Tusquets editores
688 páginas

El Edén en lenguaje coloquial es un paraíso. En referencia a la biblia será el lugar donde nos dejen hechos de polvo, en el Génesis parece indicar una región geográfica y cuando hace referencia al Paraíso se refiere al huerto "al este" en esa misma región, después añaden que se trata de jardín o más concretamente de un huerto, tal vez porque allí crecen manzanas, sea como fuere, en el principio de los tiempos nos cuentan historias de bien y mal y John Steinbeck tiene la suya. 

Abre esta novela con la invitación a desvelar memorias familiares pero con una descripción del valle de Salinas en California. Afincados en tierra, en las regiones donde mejor se manejaba y con el punto de vista crítico que le caracteriza, Steinbeck, como digo, nos invita. Lo que empieza a paso tranquilo termina en un caminar presuroso, el de ir desplazando página tras página. 

Ese misma narrador testigo que nos abre la puerta también nos presenta a la familia Hamilton. El matrimonio formado por Samuel y Liza, irlandeses emigrantes que procuran territorio allá donde el agua no parece dispuesta a brotar. Aunque las condiciones sean desfavorables, el autor los hace agraciados en otros aspectos, pacientes, trabajadores, honrados y aureolados por la bondad del pobre. Estas mismas características adquieren matices distintos para cada uno, Liza encarna el fatalismo divino, Samuel, al soñador y pródigo de inventiva. 

Será un narrador omnisciente quien nos descubra a la otra gran familia en la que se articula esta lectura. Como resulta difícil hablar en específico de esta rama sin avanzar más de la cuenta, seré escueta. 

Los Tarsk, en este caso Adam confronta la fortuna monetaria. Steinbeck beneficia a este clan, a sus orígenes americanos y pese a las facilidades, todo parece conspirar en contra de que Adam encauce aguas y arrastre a sus hijos.

Destaco, además (sin decir como aparecen) a la infame Cathy, desde el minuto uno la encarnación del mal. Los villanos ganan adeptos y es, sin duda, el personaje que más tira en la novela para que cada vez haga su aparición sea motivo de la sequedad ocular, la mujer no admite pestañeo.

La sinopsis nos indica que se trata de una epopeya de resonancias bíblicas y hace hincapié en que la película dirigida por Elia Kazan, aunque la adaptación se centre en una parte del libro. Avisados quedan. 
A veces, en la infancia, imaginamos cómo sería poseer alas, pero no hay razón para suponer que nuestra sensación coincida con la de los pájaros.
 La mente solía divagar un poco, porque ¿cómo es posible recordar los sentimientos de placer, de dolor, o de sofocante emoción? Sólo se pueden recordar que se han tenido. 

Las reflexiones en torno al progreso, la distribución de la tierra, la desigualdad y tantos otros debates merecen consideración. En esta caso, entiendo a los personajes como el subterfugio para hablarnos de cuestiones más allá de su trama. Plagada de símbolos que admiten análisis no solo en términos de bien o mal. La novela presenta un desenlace de broche

Pero siendo del todo honesta encuentro en Al este del Edén una novela accesible donde resulta chocante como articula la historia (los narradores) pero un clásico a fin de cuentas. Un Steinbeck al que siempre disfruto leyendo y que alimenta mi compromiso con la Steibeckadicción, en definitiva una grandísima novela. 
“Se puede haber vivido durante toda la vida de una manera gris, contemplando la tierra y los árboles oscuros y sombríos. Los acontecimientos, incluso los más importantes, se han deslizado inexpresivos y pálidos. Y de repente, surge la gloria; y entonces se encuentra dulce el canto de los grillos, y el perfume de la tierra se alza como una canción hasta el olfato, y la luz que forma motas bajo un árbol es una bendición para los ojos. Entonces, el hombre abre su corazón, pero no por ello se siente inferior. Y me atrevería a afirmar que la importancia de un hombre en el mundo puede medirse por la calidad y el número de sus momentos de gloria. Es un hecho aislado, pero que nos une al mundo. Es la fuente de toda creación, y lo que nos diferencia de los demás”.

jueves, 29 de septiembre de 2016

#42 Cajón desastre: La lectora triturada


El otro día mientras limpiaba (los lectores quitan el polvo a los libros de vez en cuando) recordé el libro de No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Supongo que en mi subconsciente rondaba algo relacionado con la película y como la mente es así de saltimbanqui, recordé otro libro de la misma “autora” (entrecomillo porque es un seudónimo, Laura Norton, a saber) pues eso, caí en la lectura de Gente que viene y bah, de ahí mi cabeza se precipitó sobre manos. No, no es que me echara las manos a la cabeza sino que recordé la de manos, conocidas, muchas, por las que había pasado mi ejemplar y es que, veréis, sucede una cosa. En casa -y cuando digo casa, me refiero a la originaria, la de Ohana, parientes de sangre, adoptados o intencionales, los de Lilo, de Lilo y Stich, , Ohana, Ohana que significa familia ¡esa!- a lo que iba, que en casa como lea un libro, lo pase y guste, en este orden, la lectura ronda hasta completar el séquito, estamos rozando el casi pleno, señores, porque en casa son muy lectores, en cursiva, porque un día, iba yo trasteando por una librería del centro de mi ciudad (la de acogida, no la que me vio nacer) cuando me paró un cámara. Os podéis imaginar con que perversas intenciones ¡bingo! ¡preguntar!. Se lanzó a plantear cuestiones y me aturullé. Normal, diréis ¡pero cómo va a ser normal! ¡si me preguntó sobre libros! ¡si lo que quería saber eran mis gustos! ¿mis gustos? qué disgusto ¿y ahora qué? La épica del momento fue responder en un alarde gramatical con: Yo soy muy lectora. Hemos pensado en tatuajes pero no, esta leyenda viva de construcción oracional se merece la serigrafía en camiseta. En fin, los escarnios de lectoras cercanas no fulminaron la desazón, nonono. Acto seguido (es decir, cuando llegué a casa y recoloqué mi cerebro) me dije ¿y qué me gusta a mi? ¿qué nombre le ponemos a la criatura? Goodreads a la vista y lomos de estante respondían: Drama, drama, drama, drama. Alto impacto. Drama, drama, drama. Humor ¿humor? ¡sorpresa!

A la hora de leer hay historias en las que me cuesta entrar,
cuando me suenan a lo mismo,
cuando chico conoce chica y tal y tal,
cuando vivieron felices, comieron perdices y ni se molestaron en invitar (serán mamones).

En fin que Norton y su Gente fue una agradable sorpresa y esta lectora no pretende ganar el nobel leyendo. Puede que sea un poco triturada, superficial, pero como decía hace poco Lesincele a colación de otro tema, los lectores también se visten y he aquí, que los lectores triturados también se ríen y he aquí, que de igual manera, hacen el completo gilipollas. En resumen, señores, que seguí limpiando. Porque los lectores limpian, los lectores se asean, los lectores van al super, probablemente con más peso de la habitual pero eso es otra historia…. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay (William Boyd)


No es gran cosa ¿verdad? Pocas palabras para resumir una vida complicada y difícil, pero también es más de lo que corresponderá a la mayoría de nosotros en los diversos canales de la posteridad que registrarán nuestro breve paso por este pequeño planeta. Por extraño que parezca, siempre estuve segura de que nunca se escribiría nada sobre mí, la hija de B. V. Clay, pero resultó que me equivocaba...

La chica con cámara. La fotógrafa que en Suave caricia desenvuelve su vida. Valiente, libre, inteligente y apasionada, esa es para mi Amory Clay, una mujer de cuatro palabras que utiliza otras tantas para relatarnos desde qué llevó a su padre a ponerle nombre de chico hasta el final. Inglesa de origen y viajera por oficio, recorremos sus andanzas y el siglo XX con dos motivos: ser fotógrafa y las ganas de vivir. Amory es la chica de portada.

Poniéndonos en situación: hablamos de alguien que viene y que va, hablamos de una mujer, hablamos de que este discurrir incluye vida amorosa y por tanto, y por todo ello, y hasta el fin, no esperemos una biografía convencional, ni un único amor, ni la historia de una mujer tranquila. 

Por el contrario, apostemos por  una persona con miras de libertad, por alguien que se codea en multitud de ambientes, con alguien que forja su forma de ser. Esta historia nos brinda un modo, tan válido como cualquier otro, de entender el mundo y la propia existencia. 

Pero se lee como aventura, se lee como el que sale de paseo con una amiga, se lee para viajar y también para acudir a burdeles berlineses, con aventuras americanas, imprevistos en tierra propia y contiendas bélicas (final de la segunda guerra mundial o Vietnam), todo eso nos cuenta y todo eso retrata, con un total de setenta y tres fotografías de personas, lugares y momentos. En lugar del reflejo de la historia o la descripción de los eventos, Amory Clay recrea su leyenda. 

Comienza con un prologo que como buen prologo apunta al quid de esta pasión: la capacidad de detener el tiempo, guardar el instante a golpe clic. Y también divide, en diferentes libros, capítulos no demasiado extensos y acotaciones fechadas. El desarrollo de la historia se intercala por incisos desde Barrandale (Escocia), fragmentos en forma de diario datados en 1977 cuando la protagonista ha llegado a la edad de setenta años.     

Siempre que tengas algún problema que resolver, haz algo práctico, solía decir mi madre.

Y después de todo viene lo malo, cuando se acaba y te deja sola, cuando terminas el libro y buscas quien era ella, cuando reniegas de la ficción, insistes porque existía y te lamentas porque no. 

Se trata de una mentira novela. William Boyd es su autor. Se la inventó. Seleccionó entre montones de fotografías. Enturbió a veces, sí, pero lo hizo con gran invención, con desenvoltura y por eso..., jurarías que estaba ahí..., que esa mujer era de carne, que la de las fotos..., que se ha terminado, que se ha marchado, que Amory Clay no es chica de portada y que la historia se acabó. 
                                                             
"Dure lo que dure vuestra estancia en este pequeño planeta, tanto da lo que ocurra en ella, lo más importante es sentir -de vez en cuando- la suave caricia de la vida" 
William Boyd ( Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay)
Artículo: La fotógrafa del siglo XX que nunca existió

jueves, 22 de septiembre de 2016

¡BIENVENIDOS/AS A LA CURIOSITECA!

 

FICHA TÉCNICA
Nombre: La chica con insomnio
Sección: La Curiositeca
Hora de publicación de entradas: 00:07
Habilidades especiales: No duerme (mucho) 

Tal día como hoy, en una Curiositeca muy lejos de aquí, había una chica con insomnio que también tenía una hermana (aunque esta última no tenía ni blog, ni gato).

Estas dos hermanas se llamaban Amala y Kamala y provienen de Menidapur (India). Eran hermanas salvajes (en el sentido más estricto de la palabra) y fue en 1926 cuando a un director de orfanato (prometo que no es por darle un aspecto más turbio a la historia) las encontró. 

Fue el mismo director, llamado Joseph, el que le puso los nombres de Amala y Kamala y el que, tiempo después, dijo que realmente las halló en una guarida de lobos. Por esto último empezó la historia de las “hermanas criadas por lobos". 

El mito de haber sido criadas por lobos surge de un antiguo concepto hinduista para explicar el comportamiento de los niños con defectos congénitos y el hecho de que muchos padres abandonasen a sus propios críos en el bosque.

Joseph comenzó a escribir y apuntar curiosidades sobre las niñas. Decía que dormían acurrucadas, podían oler huevos a kilómetros, tenían una visión nocturna como Dylan de noche y que solo podían caminar a cuatro patas. Por otro lado, muchos científicos afirman que realmente este hombre confundió salvajismo con autismo.

Este diario se publicó años después. También se dice que obligaba a las dos hermanas a comportarse de determinada manera con tal de engañar a todo el mundo. Una de las mayores estafas de la historia por la que obtuvo mucho dinero. La curiosidad humana para ver a las chiquillas era más poderosa que la racionalidad.

Joseph con toda esta historia inció una "curiositeca personal" pero que no dejó de ser controvertida.

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Con este relato inspirado en hechos reales y leyendas salvajes quiero dar comienzo de una sección nueva escrita por mí, la chica con insomnio, donde cada mes (si la universidad me deja escribir algo que no sea sobre si misma) os contaré una nueva historia curiosa tal y como hizo Joseph.

Puede que sean controversiales e incluso que haya algunas medio inventadas para hacerlas más raras y facilitar que permanezcan en vuestra memoria. La mayoría de ellas tratarán sobre cosas relacionadas con la literatura, ya que este blog va de eso, pero si queréis dar propuestas, Cuentalibros estará encantada de filtrarme toda la información (Y si no, pues que se aguante, que para algo soy la  hermana pequeña).

La Curiositeca nace de la mente de una chica que no duerme mucho, así que tampoco esperéis grandes relatos lúcidos y coherentes, me quedo dormida cuando menos lo esperas.  

Si queréis aportar sugerencias  (y que mi pobre hermana no se cargue con todo), opiniones o remedios para dormir: lachicaconinsomnio@gmail.com
¡Encantada de conoceros! 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Wonder. La lección de August (R.J. Palacio)


No he destruido la Estrella de la Muerte ni nada por el estilo, pero sí he sobrevivido a quinto curso. Y eso no es fácil, ni para mí ni para nadie. 
Iba con pocas expectativas a por esta lección, no estaba ni remotamente entre mis planes, si es que existen planes en lo que se refiere a escoger lecturas... El caso es que necesitaba algo llevadero y la cuestión es que prácticamente se lo había leído toda la familia, no iba a quedarme sin opinión y mucho menos sin asomar a conocer a este tal August. Faltaría más.

Abre con voz de su protagonista August, Auggie o Canito, según le preguntes a sus allegados. Este niño es consciente de lo que implica ser diferente, no se esfuerza en describirnos qué le pasa en la cara aunque nos aporta algún que otro diagnóstico y su resultado es un rostro desfigurado del que más de una vez le gustaría deshacerse. La historia arranca cuando deciden que debe ir al colegio. Tanto él como diferentes personajes nos irán contando qué fue de ese primer año escolar.

El problema de algunos libros de este tipo es el grado de sentimentalismo que pueden llegar a adquirir. August se desquita de tales atributos siendo un tanto vacileta,  realista y reconociendo cómo le afecta, pero también llevando al lector a su círculo cercano. No nos engañemos, en cuestiones de apariencia no es solo el que la lleva sino quien está próximo. Los prejuicios, los automatismos y el desconocimiento campan a sus anchas en la vida colegial (y más allá). 

R.J. Palacios incluye algunos personajes clásicos del mundo escolar: el chulito de clase, la nena guapa, los padres ideales y el típico insoportable del AMPA. A los que también suma algunos, a mi parecer más ajustados, como una hermana con vida propia y que en plena adolescencia tiene que lidiar con que la relacionen con su hermano y con el de pavo sus amigas; o el compañero, ese al que le cuesta darse cuenta de que debajo de ese chico hay alguien a quien valorar.

Con voces narrativas alternas se componen un collage con una misión, la importancia de ser amables, habilidad que cuesta poco y con la que ganas mucho (aunque algunos ni eso). En un momento como el actual, con el hostigamiento frecuente entre compañeros de aula, cuando parece que debe imponerse la ley del más fuerte, no está mal darse de bruces con una lectura en valores, con el atractivo del ingenio y el reconocimiento del audaz.

La lección de August huye del drama y se queda con lo mejor de la historia. Una novela que se lee en nada, con otras secuelas (aportadas por sus personajes) que se instala en la estantería por su ternura y por ser amena, incluida en los planes de estudio en EEUU para niños entre 8 y 12 años, de la que al parecer habrá adaptación cinematográfica dirigida por Stephen Chbosky, también autor de Las ventajas de ser un marginado

Todo el mundo debería recibir una ovación del público puesto en pie al menos una vez en su vida.
R.J. Palacio (Wonder. La lección de August)